28 de mayo de 2020

Seamos como Corea (3): Ya hemos aplicado al plan B, volvamos al plan A

Nota preliminar: Este es el último texto de una serie (parte 1, parte 2). Como les advertí en las entradas anteriores este no un comentario de malaprensa, sino más bien un miniensayo personal sobre el objetivo de las políticas contra el coronavirus para los próximos meses.

En el texto anterior he analizado y respondido a algunas posibles objeciones a mi idea de que, dada la trayectoria previa, aún es posible perseguir el objetivo de estar, a primeros de septiembre, en condiciones de hacer vida normal. Terminaba el texto señalando que la salida del confinamiento debería ir acompañada de la implantación de un sistema de test y rastreo.

Vayamos cambiando el plan B por el plan A

Parece ser que el presidente del gobierno ha lamentado en alguna ocasión que los políticos de oposición que criticaban su gestión de la epidemia, y en concreto las sucesivas prórrogas del estado de alarma, no fueran capaces de presentar un plan B. Pero en realidad, habría que decir que el plan B es el que hemos estado aplicando hasta ahora. Me explico. Por lo que hemos podido aprender estos últimos meses, y parece fácil de entender, para luchar contra una enfermedad contagiosa (además de tratar de curar a los contagiados con síntomas, claro, y de proteger al personal sanitario o al que está obligado a ponerse en situaciones de riesgo por su trabajo) hay dos estrategias básicas.

El plan A, que también podemos llamar el plan de test y rastreo, plan de cuarentena selectiva, plan intensivo, o de bisturí: identificar lo más rápidamente posible a todas las personas contagiadas (con síntomas o no), ponerlas en cuarentena, identificar a todos sus contactos recientes, hacerles pruebas, y aislarlos también mientras dure el periodo estimado de incubación, volviendo a comprobar con una nueva prueba que no están infectados antes de abandonar el aislamiento. Esto requiere un gran despliegue de recursos en relación con el número de infectados. Pero si se tienen y aplican esos recursos al comienzo de la epidemia, como el número total de casos es pequeño, es posible aplicarlos sin un gasto exagerado. Si se hace realmente bien y la epidemia “se coge a tiempo” es posible incluso controlarla por completo. Por eso, a veces se habla de este plan como plan de contención.

El plan A, en su aplicación ideal, al centrarse solo en los casos diagnosticados y sus contactos cercanos, permite al resto de la gente seguir haciendo vida normal, variando esto un poco según cuánto de contagiosa se piense que sea la enfermedad en fase asintomática y de qué tipo de contacto sea necesario para producir el contagio.

Algunos de los países que han tenido más éxito controlando el covid-19 lo han conseguido usando esa vía casi en exclusiva. El caso más conocido es el de Corea del Sur, pero los ejemplos más puros tal vez sean otros, como el de Taiwán o el de Singapur, antes, en el último caso, de que un brote entre las poblaciones de trabajadores inmigrantes en el segundo país, entre las que parece que el “testar y rastrear” no se aplicó correctamente, obligara al gobierno a cambiar de política.

Pero el plan A es especialmente difícil de aplicar como estrategia exclusiva ante una enfermedad nueva como el covid-19, para la que hay que desarrollar nuevos tests, con síntomas que se pueden confundir con los de otras enfermedades estacionales, con dudas e informaciones contradictorias al comienzo sobre las vías de transmisión y sobre la capacidad de contagio de los infectados no sintomáticos. Una combinación de factores que pilló desprevenidos a casi todos los gobiernos del mundo, por lo que no es de extrañar que la mayoría haya tenido que optar, al menos en parte, por el plan B. Es lo que nos pasó también a nosotros, que empezamos la lucha contra el covid-19 con el plan A (¿se acuerdan del hotel de Tenerife con cientos de clientes en cuarentena porque había unos turistas italianos contagiados?), pero no lo supimos/pudimos escalar para detectar y cortar la transmisión entre residentes, de manera que nos vimos también abocados al plan B.

El plan B, al que también podríamos llamar el plan de confinamiento, plan de aislamiento universal, plan extensivo, o de machete nos es a todos a estas alturas muy familiar, porque es el que hemos llevado a cabo en España casi en exclusiva. Ante la imposibilidad de impedir la transmisión de la enfermedad de manera selectiva, se reducen drásticamente los contactos interpersonales de todo el mundo, pidiéndoles/obligándoles a permanecer en sus casas, con limitadas excepciones (variables de un país a otro), como salir a comprar comida, acudir a trabajos que no se puedan llevar a cabo a distancia, atender a personas dependientes, etc… Crucialmente, se prohíben todas las actividades que requieran o permitan que se junten muchos, por lo que se cierran escuelas, institutos, universidades, cines, teatros, gimnasios, espectáculos deportivos o musicales…

El plan B, conceptualmente, puede conseguir resultados casi tan buenos como los del plan A, pero requiere de una aplicación mucho más prolongada y comporta costes económicos muchísimo mayores, al parar buena parte de la actividad económica en el territorio afectado. Si se aplicara indefinidamente, podría acabar también con la epidemia. Sin embargo, por su coste económico, el plan B solo puede ser un plan temporal. Por eso, en lugar de “plan de contención”, se le suele llamar “plan de mitigación”. Es el famoso modelo de “aplanar la curva” al que se han referido tantas veces los medios de comunicación.

La gran mayoría de los países que, hasta ahora, se consideran exitosos en la lucha contra el covid-19 ha aplicado el plan B, de forma más o menos estricta, en combinación, en lo posible, con el plan A. Me refiero a la propia Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, el estado de Kerala (India), Grecia, la mayor parte de los “nuevos” países de la Unión Europea, todos con tasas de fallecidos por millón de habitantes que son la vigésima, la cuarentava o la centésima parte de las nuestras. También Alemania, con datos algo peores que esos países ejemplares. Su éxitos se explican porque en la mayoría de los países el plan B fue un complemento del plan A, no un sustituto, y tal vez en algunos porque aunque el plan A era incompleto o ineficaz, se decidió adoptar el plan B cuando el virus apenas se había extendido, de forma que el confinamiento generalizado fue suficiente para impedir la extensión masiva del virus.

Los países que peores resultados han conseguido, son los que (casi) solo han aplicado el plan B y, además, lo han hecho tarde, cuando la infección ya se había extendido mucho. Ahí estamos nosotros, con casi los peores datos, y también Bélgica, Reino Unido, Italia, Francia, los Países Bajos, y Estados Unidos, entre otros. 

Tras mucho sufrimiento, y muchas muertes que podrían haberse evitado, algunos de estos países han conseguido, en unas 6 a 10 semanas de confinamientos más o menos estrictos, aplanar la curva, evitar que los sistemas sanitarios hayan llegado a colapsar (o recuperarlos tras llegar muy cerca de ese punto en algunos lugares) y reducir el número de casos a cifras compatibles con las capacidades del sistema de salud.

Pero si el plan B no puede acabar con la epidemia porque no puede durar tanto, ¿qué viene después? Esa es la pregunta clave a la que se enfrenta España y los otros países del plan B. Y la opción más lógica parece que es la de ir abandonando progresivamente el plan B combinándolo con el plan A, llegando, idealmente, al final de un periodo de transición más o menos largo, a confiar casi exclusivamente en el plan A (cuarentena selectiva) y dejar solo los mínimos elementos posibles del plan B (aislamiento universal).

Es decir, al aplanar la curva no solo estábamos reduciendo el número de casos que tienen que ser atendidos cada día en los servicios médicos y hospitalarios. Estábamos también reduciendo el número de casos diarios a los que, aplicando el plan A, tendrían que entrevistar las personas dedicadas por el sistema de salud pública a rastrear los contactos de los contagiados, el número de contactos a los que llamar, a los que hacer tests y/o poner en cuarentena estricta, y a los que facilitar asistencia social, tal vez incluso alojamiento, si lo necesitaran. Por eso, durante la aplicación del plan B deberíamos haber estado dotándonos de la capacidad para aplicar el plan A, de manera que cuando, por así decirlo, se corten las curvas del número diario de casos (descendente) y los recursos preparados para hacer rastreo (ascendente), en un nivel manejable, el plan A vaya tomando el relevo al plan B.

Dicho de otro modo, el plan B debería servir para poner el contador otra vez donde estaba a mediados de febrero o tal vez muy a primeros de marzo, en términos del número (bajo) de infectados, pero responder ahora con un plan sólido de test y rastreo.

Si hacemos eso, se puede ir relajando poco a poco el plan B, con un confinamiento cada vez menos estricto, sin que la Rt aumente, porque la cuarentena selectiva de los contactos cercanos de los casos conocidos puede ser tan eficaz o más para contener el virus que el aislamiento generalizado que hemos venido aplicando hasta ahora. Pero si solo hacemos un plan B', más relajadito, corrremos el peligro de quedarnos estancados en una Rt estable, en torno a 1, con un número demasiado alto de casos.

Lamentablemente, lo que nos dicen los medios (El País, El Confidencial (1) y (2)) es que no parece que hayamos aprovechado ese periodo del plan B para preparar la estrategia, y los recursos, para el test y rastreo. Hay noticias de la posibilidad de implantar una app para ayudar a hacerlo, pero parece que está todo muy verde. El ministerio solo publicó una Estrategia de Diagnóstico, Vigilancia y Control en la Fase de Transición de la Pandemia de Covid-19 el día 6 de mayo, siete semanas después de empezar el estado de alarma, y a punto de comenzar la fase de transición. Se contenían en él párrafos como este, hablando de cosas pendientes de hacer, que hubieran sido más adecuados en un documento publicado tal vez un mes antes:
Es necesario por ello que las unidades de vigilancia epidemiológica que constituyen la RENAVE, en todos los niveles que conforman sus circuitos, hagan una estimación de los recursos humanos y de los perfiles profesionales que van a necesitar para las siguientes fases... [énfasis añadido]
Que no haya habido hasta ahora una estrategia nacional no quiere decir que los expertos en Salud Pública que trabajan en las comunidades autónomas no hayan estado trabajando para crear estos sistemas de rastreo. Algunas noticias hablan de casos exitosos en Asturias y Canarias, por ejemplo, y seguramente habrá otros. No por casualidad son dos de las comunidades con menos casos, lo que puede ser tanto efecto como causa de que hayan podido desarrollar un sistema de rastreo exitoso. Mi argumento es que a medida que vaya bajando el número de casos debería ser posible para más y más comunidades poner en marcha un sistema similar.

Podemos ser "como Corea" para septiembre

Vuelvo al punto de arranque de esta serie: tenemos casi 100 días antes de que comience el curso. Tenemos un número de casos confirmados diarios por millón de habitantes similar al que tenían Corea del Sur o Australia en su peor momento (entre 12 y 15). Ellos consiguieron, en apenas un mes, bajar el número de casos confirmados a 2 o 1 por millón de habitantes. Un poco más tarde habían llegado a 0,5.

Nosotros deberíamos tener ese objetivo, no alcanzable en un mes, porque ya no podemos mantener más tiempo un confinamiento severo. Pero sí en tres meses, si a la par que abandonamos el plan B, adoptamos el plan A. Esto aún no parece que seamos capaces de hacerlo plenamente, pero será más fácil cada día que pase con un número de casos en descenso.

También hay que recordar que el impacto del covid-19 ha sido muy heterogéneo dentro de España. Puede ser que en septiembre aún no tengamos los resultados que permiten hacer vida normal en todo el país, pero sí en algunas partes importantes. Podríamos hablar de una España con covid-19 leve y otra con covid-19 grave. La primera, con 22,8 millones de habitantes, incluye Cantabria, Asturias, Galicia, Andalucía, Murcia, Comunidad Valenciana, Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla. La segunda, con 24,3 millones de habitantes la componen el País Vasco, Navarra, La Rioja, Aragón, Cataluña, Castilla y León, Madrid, Extremadura y Castilla-La Mancha.

La España leve había tenido hasta el 20 de mayo (último día de actualización de la base de datos del ministerio), 1.900 casos y 193 fallecidos por millón de habitantes. La España grave había tenido 7.800 casos y 969 fallecidos por millón de habitantes. Son casi como dos países distintos. Y en la España leve, en la última semana incluida en la base de datos, se estaban detectando 3,6 casos nuevos por millón de habitantes cada día. Aunque vayamos rezagados, el esfuerzo de crear un sistema de rastreo para 3,6 casos por millón de habitantes al día tiene que estar a nuestro alcance. Esa España leve podría ser así la pionera donde se pusieran antes en marcha los mecanismos del plan A, y los aprendizajes, errores y dificultades con los que se encontraran sirvieran para preparar la extensión del plan A a la España grave.

Por cierto: la España leve incluye casi por completo las zonas de mayor turismo de masas de sol y playa (salvo Cataluña). Si hiciéramos el esfuerzo de potenciar el plan A en ella, podríamos estar diciendo, dentro de un mes o poco más, a nuestros vecinos europeos, que la España de sol y playa les puede recibir, con 1 o 0,5 casos de covid-19 por millón de habitantes (y por tanto, con muchos días sin ningún fallecimiento en varias de esas comunidades), y un sistema de test y rastreo que permite disfrutar con tranquilidad de las vacaciones. Y eso sería compatible con seguir reduciendo el número de casos.

1 o 0,5 casos por millón es un nivel compatible con una vida casi completamente normal. Es decir, volviendo al ejemplo de las escuelas: en septiembre abrirían con normalidad, como un curso cualquiera, porque alrededor no habría un virus descontrolado, sino muy acotado. Con el rebrote ocasional que pueda llevar, en un pueblo o ciudad concreto a cerrar algunas escuelas unas semanas, cuando haya un caso cercano, pero con muchas provincias de España sin ningún caso conocido durante semanas. Y lo mismo se puede aplicar a restaurantes, cines, discotecas, estadios deportivos...

En definitiva, si me he animado a escribir toda esta perorata es porque me da la impresión de que el runrun dominante en nuestra sociedad es que es imposible volver a la normalidad en plazo breve. Y a mí me parece que, por el contrario, con realismo y sin fantasías, sabiendo que puede que no salga bien, que tal vez no todo el país pueda hacerlo, y que hay que tener en la recámara modos de responder al posible fracaso, nuestro objetivo (en realidad, el de toda la UE) tendría que ser llegar a finales de agosto o primeros de septiembre con niveles de contagio coreanos, y vida casi normal. Trabajemos para ello.

Ser como Corea (2): no es tan fácil

Nota preliminar: Continuo con el texto que he iniciado en la entrada anterior. Como les advertí ayer, este no un comentario de malaprensa, sino más bien un miniensayo personal sobre el objetivo de las políticas contra el coronavirus para los próximos meses.

Les recuerdo el punto de arranque de mi última entrada:
... Los casos confirmados diarios (media de siete días) pasaron de 0 a 7.900 casos entre mediados de febrero y el fin de marzo (45 días). Desde entonces hasta el 24 de mayo (55 días), han bajado de 7.900 a 320 casos. 1
A partir de ahí argumentaba que en los próximos 100 días podríamos esperar una bajada muchísimo mayor, que siendo incluso más lenta que la de Corea del Sur, o Australia, nos llevaría a niveles de contagio ínfimos a finales de agosto, que nos permitirían hacer vida casi completamente normal a partir de entonces.

La idea es simple; pero espero que no simplona. A continuación, presento algunas de las objeciones posibles a la idea de un retorno temprano a la normalidad y mis respuestas.

El número de casos real es mucho mayor que el de casos confirmados

En realidad, el 24 de mayo no tenemos 320 casos diarios, sino muchos más. Es sabido que los casos confirmados por PCR son muchos menos que los casos reales (por comodidad del lenguaje, me refiero a las infecciones como si se produjeran el día en el que se conocen, aunque en realidad se calcula que entre la infección y el diagnóstico suelen transcurrir unos diez días). De hecho, el informe preliminar de la primera ronda del estudio de seroprevalencia del Ministerio de Sanidad sugiere que a primeros de mayo un 5% de la población residente en España había tenido la infección. Ese porcentaje se traduce en unos 2,36 millones de personas, mientras que el total de casos confirmados por PCR a esas alturas era solo de unas 229.000. Es decir, el número de infectados reales vendría a ser unas 10 veces mayor que el de los confirmados por tests PCR. Suponiendo que esa relación fuera constante, el pico de la curva anterior no debería estar en 7.900 sino en 79.000 casos diarios, y el valor más reciente, para el 24 de mayo, sería en realidad de unos 3.200 casos al día, no de 320. Nos quedaría mucho más camino por recorrer del que parece y, por lo tanto, sería más dudoso que en 100 días pudiéramos llegar a niveles compatibles con la vida normal.

Mis respuestas a este argumento son dos:
1. Es muy poco probable que la relación 10/1 entre el número real de infecciones y el número de casos confirmados por PCR sea constante durante todo el periodo, dado que durante las primeras semanas hacíamos muchos menos tests que ahora. Esto se ve en el cuadro siguiente:


Periodo
Tests PCR



Inicio
Final
Días
Total
Por día
Casos positivos
Tests/caso positivo
Casos positivos/tests
21-feb
23-abr.
62
1.035.522
16.702
206.015
5,0
19,9%
24-abr.
30-abr.
7
315.608
45.087
10.749
29,4
3,4%
1-may.
07-may.
7
274.081
39.154
6.542
41,9
2,4%
8-may.
14-may.
7
294.200
42.029
6.868
42,8
2,3%

El ministerio no ha dado información más detallada de lo que sucedió antes del 23 de abril, aunque todo lo que sabemos hace suponer que el número de tests fue creciendo a lo largo de esas semanas. Por tanto, aunque en promedio se hicieran unos 16.700 tests diarios, en las primeras semanas seguro que fueron muchos menos, y en las últimas, muchos más. Supongamos que en el pico del número de casos registrados, a finales de marzo, es decir, hacia la mitad del primer periodo considerado, el número de tests era efectivamente de unos 16.700 diarios. Los positivos entonces eran unos 7.900 diarios, lo que significaría que la ratio tests / casos positivos sería de 2,1 y el porcentaje de tests positivos (otro modo de expresar la misma relación), del 47,3%. Parece lógico pensar que entonces dejábamos de detectar muchísimos más casos que en la última semana con datos (8 al 14 de mayo), periodo en que se hacían 42,8 tests por caso positivo (es decir, un 2,3% de tests positivos).

Por lo tanto, la ratio infecciones reales / infecciones confirmadas no puede ser una constante, de 10/1. Era con seguridad mucho mayor al principio que ahora. De forma que el número de infectados a diario el 24 de mayo no es de unas 320, pero tampoco es de 3.200. Debe ser mucho menor, aunque no tengo datos para estimar cuánto.

2. Si la ratio casos reales / casos confirmados era más alta en el pico de la infección que ahora, esto también quiere decir que el ritmo de reducción del número de casos es en realidad mucho más rápido que lo que parece a primera vista con los datos de casos confirmados.

Con ellos, la bajada de 7.900 a 320 casos entre el 30 de marzo y el 24 de mayo supone una reducción, en promedio, de un -5,7% diario, aproximadamente.

Pero si suponemos, en una estimación creo que conservadora, que el número de infecciones reales fuera el 30 de marzo 15 veces superior al de las las confirmadas, unas 118.000  (15 x 7.200) y el 24 de mayo fuera 7 veces superior, unas 2.200 (7 x 320), el ritmo de caída en las infecciones habría sido de un -7% diario.

Si pudiéramos mantener ese ritmo de reducción, partiendo de esas hipotéticas 2.200 infecciones diarias el 24 de mayo, tendríamos 460 el 15 de junio, 150 al final de ese mes, 50 a mediados de julio, 17 hacia el 31 de julio, 6 el 15 de agosto y 2 el día 31 de ese mes. Hablo de infecciones totales reales, no de infecciones confirmadas al ritmo al que lo hacemos ahora.

(Aun olvidando el punto 2, suponiendo que el 24 de mayo hubiera en realidad 3.200 infecciones diarias y que el ritmo de caída fuera del -5,7%, a la altura del 31 de agosto asistiríamos a unas 10 infecciones diarias).

Pero claro, estas cuentas corresponden a un escenario muy optimista y bastante engañoso, porque la tasa de caída de la últimas semanas, con el confinamiento, no se puede mantener cuando salgamos de él. Lo cual me lleva a la siguiente objeción.

Al relajar el confinamiento, los contagios no disminuirán tan rápido como hasta ahora


Esto está absolutamente claro. Si vamos relajando las medidas de confinamiento, al aumentar el número de personas con las que entramos en contacto cada día, se facilita que los infectados, particularmente los asintomáticos, puedan contagiar a muchas más personas, en promedio, y que crezca el famoso número R (el número medio de personas contagiadas por cada persona infectada, que si es mayor que 1 significa que la epidemia se está expandiendo, y si es menor que 1 significa que la epidemia está en recesión).

De hecho, algo de esto ya ha pasado. En la página web del Instituto Carlos III puede verse el cálculo que hacen sus expertos del número Rt en cada momento (tienen allí también un enlace explicativo del método de cálculo). El gráfico disponible a 24 de mayo (con datos solo hasta el día 21, por los líos que se trae el ministerio con los datos) es este:



Estiman que, a comienzos de marzo, Rt adoptaba valores altísimos, entre 4 y 5, en un momento en que no había ninguna medida oficial de control, y, probablemente, la conciencia social sobre el asunto todavía era incipiente, por lo cual muy pocos tomaban precauciones en cuanto a la reducción del contacto con los demás y en cuanto a la higiene personal (lavado de manos). Esto ya probablemente empezó a cambiar en la semana previa a la declaración del estado de alarma, cuando se cerraron los centros educativos en algunas comunidades, se prohibieron los vuelos Italia, y en general las noticias eran cada vez más alarmantes. Eso explicaría que para cuando el gobierno decretó el estado de alarma, el 15 de marzo, Rt había bajado al entorno del 3.  Desde entonces descendió de forma rápida, situándose por debajo del valor crucial de 1 en torno al 1 de abril y habiendo continuado, con algún altibajo, en línea descendente, mucho menos pronunciada, hasta el día 5 de mayo, en que llegó a su valor mínimo del 0,67. Desde entonces habría subido hasta un valor, a 21 de mayo, de 0,82. Se trata de la media para España, que oculta que algunas comunidades autónomas vuelven a situarse por encima del 1.

El punto de inflexión, al alza, del 5 de mayo está probablemente conectado con la salida a la calle, primero de los niños (el 26 de abril) y luego de los adultos (el 2 de mayo), y el ascenso posterior refleja también, con seguridad, el comienzo de la fase 1 en varias zonas de España.

El 25 de mayo una buena parte de España ha entrado en fase 2 y, si todo va bien, dos semanas después, el 8 de junio, esas mismas zonas pasarán a la fase 3, y, tal vez, el 22 de junio algunas lleguen a la llamada “nueva normalidad”. Cada fase significa una relajación de las reglas, y un aumento de los contactos, por lo que cabe esperar que Rt siga aumentando, y, aunque quede por debajo de 1 (si no fuera así, ese calendario se retrasaría), esté lo suficientemente cerca como para que las infecciones no se reduzcan a un ritmo del -5,7% o -7% diario, como he calculado para la fase anterior, sino solamente a un -2% o -1%.

Eso afectaría enormemente a las cuentas hechas más arriba para estimar el número de infecciones reales que podríamos esperar tener cada día hacia el 31 de agosto. Mi cálculo optimista era de solo 2, y el menos optimista hablaba de 10. Pero si partimos de la estimación de 2.200 infecciones reales hacia el 24 de mayo, con una caída diaria de -2%, el 31 de agosto habría aún 300 infecciones diarias; y con una caída diaria de -1%, las infecciones diarias serían todavía unas 825. Podrían ser incluso más, si la Rt sube por encima de 1 durante algún tiempo, y la caída promedio se queda en -0,5% o se acerca a cero.

La cifra de 825 contagios diarios equivale a unos 17 por millón de habitantes. Una cifra quizá todavía alta como para poder volver con garantías a una vida casi normal, con, por ejemplo, las escuelas y los institutos funcionando normalmente. Volveré luego sobre esos números.

Habrá rebrotes

Una variante del argumento anterior es que no solo se reducirá el ritmo de caída de las infecciones, sino que inevitablemente habrá rebrotes, es decir, inversiones del proceso de caída, periodos en los que el número de infectados no solo no decrece, sino que aumenta. Algunos hablan, en concreto, de una segunda ola, que podría darse en otoño o en invierno.

Mi respuesta a este argumento es que los rebrotes son posibles, pero no inevitables, y que su magnitud y sus efectos dependerán, precisamente, de lo que hagamos. Un rebrote nacional de la magnitud del crecimiento de la epidemia hasta mediados de marzo es casi imposible, porque lo detectaríamos a tiempo y pondríamos barreras más efectivas para evitarlo y lo haríamos con más rapidez. Rebrotes menores, a escala local, con unas decenas o cientos de infectados, son probablemente inevitables, al menos durante un tiempo, pero compatibles con una tendencia general descendente, más o menos rápida. Es precisamente la contención de esos brotes y su reducción a la mínima expresión lo que nos podría llevar a “ser como Corea”.

Porque no hay que dar por hecho que la reducción del confinamiento, el paso por las fases sucesivas hasta la “nueva normalidad”, deba llevar consigo necesariamente un aumento del valor de Rt hasta acercarlo a 1, y, por tanto, un estancamiento en un número de contagios alto. No tiene por qué ser así, pues a medida que salimos del confinamiento, deberíamos estar aplicando medidas que reducen las probabilidades de contagio. El famoso “test, track and trace”, que dicen en inglés, o test y rastreo, en castellano, que es la clave del éxito de países como Corea del Sur (y otros muchos).

De eso me ocuparé en la tercera entrada de esta serie: Hemos aplicado el plan B, ahora volvamos al plan A

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1 Como en la entrada anterior, reconozco que precisamente estos días la desconfianza sobre los datos publicados por el ministerio es grande. No obstante, el tipo de desviaciones y descuadres que se están conociendo son relativamente menores, en términos porcentuales, y no afectan al grueso de mi argumento.

¿Podemos ser como Corea del Sur?(1): Debemos, al menos, intentarlo

Nota preliminar: Lo que viene a continuación no es un texto típico de este blog, comentando errores periodísticos. Es un miniensayo que escribo simplemente como ciudadano preocupado por lo que está pasando y tratando de aportar un punto de vista distinto sobre los retos a los que nos enfrentamos. Para eso sirve a veces tener un blog personal. Tómenlo como una carta al director extensa, que uno tiene el privilegio de autopublicar.
Ahora bien, asumo que aunque soy alguien medianamente informado, consumidor asiduo de gráficos y tablas, lector de artículos y ensayos online, ocasionalmente de artículos científicos, no tengo formación especialmente cualificada para hablar de medicina o epidemiología. Por lo tanto, aunque doy algunas respuestas, mi pretensión es, sobre todo, empujar a quien me lea a que se hagan preguntas, y ayudar a que se formen su propio juicio lectores más listos, más formados, más influyentes o con más tiempo y capacidad para pensar y escribir sobre todo esto. Si les parece que todo lo que digo es poco más que un desvarío de cuñado, siento haberles hecho perder el tiempo. Si no es así, y este texto les parece relevante, agradezco que lo difundan y por supuesto estaré interesado en sus comentarios, a los que trataré de responder.  El texto parte del caso español, pero creo que muchos de los razonamientos valen para buena de los países europeos.


¿No estamos siendo demasiado pesimistas?

El punto de arranque de este texto es mi sensación de que al hablar de cómo serán los próximos meses, algunas previsiones que se manejan son demasiado pesimistas. El ejemplo más claro, y más cercano a mi mundo profesional, es el de la educación. Las noticias dan por hecho que en septiembre no se podrá dar clase en condiciones normales. Algunas universidades del Reino Unido y Estados Unidos han anunciado ya que no habrá clases presenciales. En otras esferas de la vida social y económica se mandan mensajes similares, de que no habrá normalidad en otoño, o ni siquiera el año que viene. Algunos dan a entender que hasta que haya una vacuna o una cura la normalidad es imposible. Todo depende de cómo definamos "normalidad", claro, a lo que volveré más tarde, pero a mí, cuando oigo todo esto, lo que me viene a la cabeza es el recuerdo de la evolución de los casos en España. Se recogen en el gráfico 1.

Gráfico 1


Dicho en palabras, y en la versión simple, que más adelante complicaré: los casos confirmados diarios (media de siete días) pasaron de 0 a 7.900 casos entre mediados de febrero y el fin de marzo (45 días). Desde entonces hasta el 24 de mayo (55 días), han bajado de 7.900 a 320 casos.1 ¿No deberíamos aspirar a que en los tres meses largos que quedan hasta el comienzo del curso hayamos conseguido reducir esas cifras hasta niveles lo suficientemente bajos como para poder hacer una vida cercana a la normalidad?

Para ver si es posible hacerlo nos podemos inspirar, paradójicamente, en las trayectorias de los países más exitosos en el control de la epidemia, entre los que destaca, como es sabido, Corea del Sur. Veamos en el gráfico siguiente la evolución de algunos de ellos.

Gráfico 2

En sus peores momentos, estos tres países tenían entre 8 y 15 casos confirmados por millón de habitantes al día. Un mes después de ese pico, todos ellos habían bajado de los 2 casos por millón, y en ese mismo plazo o algo más tarde todos estaban ya en el entorno de los 0,5 casos por millón.

En el gráfico 3 se compara la situación de dos de esos países ejemplares con la nuestra y la de Italia.

Gráfico 3

El contraste es gigantesco, obviamente, y tiene poca discusión que lo hemos hecho extraordinariamente peor. Mientras Corea del Sur no pasó de 12 casos diarios por millón de habitantes, y Australia apenas pasó de 15, Italia llegó a 93, y España a 169.

Pero mi interés no es, en este momento, mirar al pasado, sino al futuro. Si se fijan en los datos de los últimos días, verán que los valores recientes en España o Italia no están tan lejos de los valores máximos alcanzados en Corea del Sur o Australia. Veámoslo mejor en el gráfico 4, centrado en el último mes, al que he añadido algunos otros países europeos, de entre los que lo hemos hecho mal, y a los que se puede extender el argumento que les propongo.

Gráfico 4


Hacia el 25 de mayo el número diario de casos confirmados por millón de habitantes en España (12,7), Italia (10,5), Francia (5,5), o Países Bajos (10,3) es inferior o solo algo superior a los máximos de Australia y Corea del Sur. Bélgica y el Reino Unido no están ahí todavía, pero dada su trayectoria descendente podrían aspirar a tener valores similares en pocas semanas.2

Son números de casos realmente comparables, porque aunque es verdad que el número de casos confirmados puede ser engañoso, al depender del número de tests que se realizan, y que algunos países europeos (nosotros también, de nuevo) estuvo en ese tema muy rezagado respecto a los países más exitosos, el número de tests por habitante, o por caso positivo, que se hacían en Corea o en Australia, en las fechas en las que tuvieron el pico de la epidemia, y los que se hacen actualmente en los países europeos, es perfectamente comparable, como se ve en esta tabla:



Tests diarios (media 7 días)

7 días desde elNúmeroPor 1.000 habitantesPor caso positivo
Corea del Sur28-feb.11.1390,24718,7
Australia29-mar.10.8260,42534,9
Francia29-abr.16.6250,25519,1
España8-may.40.7960,87338,1
Países Bajos14-may.4.4890,26224,8
Italia17-may.62.5721,0391,8
Para Corea del Sur y Australia se toman los datos de las fechas en las que tenían más casos confirmados. Para los demás países se toma el periodo de 7 días más reciente con datos sobre tests. Fuente: Elaboración propia con datos de Our World in Data (https://ourworldindata.org/coronavirus).

La pregunta es, entonces, si Australia o Corea del Sur pudieron bajar, en un mes, de 12 o 15 casos por millón a 2 o menos, ¿por qué no pueden los países europeos que tienen ahora tasas parecidas aspirar a conseguir algo semejante en los tres próximos meses?

En las próximas entradas del blog explicaré por qué creo que, aunque con dificultades, y sin ninguna garantía de éxito, debemos, en cualquier caso, intentarlo.

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1 Los bandazos y discontinuidades en las series de datos publicadas en España sobre la pandemia dan motivos para la desconfianza. No obstante, creo que los argumentos que hago aquí se mantienen en líneas generales incluso incorporando un amplio margen de error a los datos españoles.
2 La comparación en el número de casos entre países con regímenes muy distintos de realización de tests es problemática. Hablaré de ello con más cuidado en una entrada posterior.